EL EXPEDIENTE PARANOICO
Pablo E. Chacón
La sentencias dicen que más vale prevenir que curar, y que hombre precavido vale por dos. Sea como fuera, la prevención está ganando terreno a la reparación en la medicina, el derecho y la política. Pero como todos los lugares comunes, sirven poco si su evidencia redunda en contundencia.
La prevención parece ser, por ejemplo, el principio que legitimó la invasión a Irak, y si resultaban inciertas las justificaciones, más inciertos son los resultados. La invasión fue defendida enfatizando la amenaza que el terrorismo global planteaba al mundo civilizado. El razonamiento consistía en subrayar que no había otra elección que enfrentarlo, no había alternativa. ¿Es cierto que la amenaza del terrorismo modificó lo que Tony Blair llamó la balanza del riesgo de manera tal que esa clase de acciones se justifican considerando el peor escenario posible?
Se trata del sentido que pueda tener eso del peor escenario. Los partidarios de la guerra enfatizaron el riesgo, formularon una doctrina de la prevención según la cual frente al terror, los estados no pueden esperar un ataque para actuar. Este principio establece que enfrentar riesgos de consecuencias inciertas, potencialmente catastróficas, siempre es mejor que equivocarse del lado de la seguridad. En esos casos, el peso de la prueba corresponde a quienes atribuyen poco valor al riesgo y no a quienes lo destacan. Los precavidos pueden aceptar que sus oponentes tengan razón, pero también pueden estar en lo cierto y las consecuencias de la indecisión serían peores. En la balanza, se mide el peso que tendría el error de unos y el de otros.
El principio de prevención es contradictorio: se puede usar para justificar que hay que ser precavidos como que hay que serlo menos. Los partidarios de la guerra conocían este doble sentido y lo usaron en consecuencia. Para algunas cosas resultaron precavidos y para otras no tanto. Según el color con que se lo mire, decretaron que no había tiempo para tomar recaudos, al mismo tiempo que argumentaban lo contrario: era importante prevenir un futuro desastre. En un caso, la precaución justifica interrumpir la deliberación, tomar decisiones; en otro, exige actuar con prudencia, considerar las consecuencias. El principio de prevención sirve para acelerar decisiones, también para posponerlas; puede utilizarse a favor de la necesidad como de la elección; sirve para echar la culpa a los expertos, y para justificar que no se los atendiera. Si a uno deja de importarle caer en el cinismo, la táctica consiste en presentar la elección como necesidad o la necesidad como elección, según circunstancias e intereses.
Es cierto que el Príncipe está obligado a decidir en medio de datos imprecisos y suposiciones genéricas. Si se acepta esto, se concede una licencia. Pero a la hora de las consecuencias, hay que determinar responsabilidades. Hay quien prefiere disfrutar de esas imprecisiones también cuando los resultados comienzan a ser incómodos y visibles. Si la política –o el periodismo, que hoy son equivalentes e intercambiables- tiene que ver con el riesgo, es precisamente porque exige, a quienes toman decisiones, capacidad de adoptarlas con escasa certeza, y disposición a asumir responsabilidades cuando en un plazo razonable, las cosas no andan bien. En política, como en periodismo, imperdonable como la indecisión es la mala decisión; tan irresponsable es la falta de precaución como la precaución equivocada.
Pero la debilidad del principio de prevención consiste en que se presenta como un procedimiento para evaluar riesgos, y al mismo tiempo, no pondera determinados riesgos. La acción que se justifica por referencia a un riesgo suele ser exculpada del riesgo que provoca. El principio de prevención supone que no hay comparación posible entre el riesgo supremo y otros riesgos. Sin embargo, no hay amenazas cualitativamente distintas. El límite entre normalidad y excepción se volvió tan confuso que los riesgos (excepcionales) facultan la introducción de todas las excepciones.
Es en estos términos en los que acaso sería exigible que razonara quien se ajusta, por razón, fuerza o cobardía, al principio de prevención. Ampararse en la convicción cuando fracasa la responsabilidad, es el expediente del paranoico. Había que hacer algo es reconocer la debilidad preventiva. Antes de tomar una decisión gravosa, se recurre a la responsabilidad, pero en cuanto asoma la dificultad, se recurre a la convicción. Esa estrategia impide pesar todos los riesgos, entre los cuales también está -y no es de los menores- el de equivocarse.